Pacto
Esa tarde yo lloraba sin consuelo, mi destino, la muerte, parecía lejano pero no así esperanzador o afortunado. Curiosamente tú sonabas de ese auricular en el que yo parecía sonreír plácidamente, nada mas cerca de una buena actuación.
Como dato cultural hablar así, en ese tono que podría ser una vil farsa, era una una bendición. Te oía alegrarte por mi, sentirte parte de una relación, llorar de la gracia hasta de las malas bromas, éramos una pareja feliz, como nunca antes alguien hubiera descrito en tan sólo la palabra “pacto”. Porque nadie supo, que de eso se trataba todo.
Las miradas cruzadas, los brazos entrelazados y esos respiros entrecortados después de besarnos, aunque fuera a escondidas, eso eran. Un pacto, uno de felicidad.
El fin podría estar a la vuelta de la esquina, las vidas al fin y al cabo efímeras siempre acaban cuando todo debería estar empezando y en esa ocasión parecía ser el caso. Como si de un cliché se tratara yo, el hombre caminaba al levantarme de esa silla oxidada de la plaza, y tú, la mejor persona que jamás se haya omitido de describir físicamente, te contoneabas desde tu casa. Seguíamos una conversación de lejos, pero sin mentiritas. Porque de eso se trataba, de decir que pese a los mas oscuros sentimientos, las tristezas del día a día y los secretos que se guardan con la esperanza de hacer la vida mas llevadera, que siempre nos seguiremos amando.