Espera

Cuando a aquel hombrecillo le dijeron que sólo faltaban dos mesas nadie en su familia quedó contento. Desde su hijo hablando por teléfono como aquela niña ya crecidita que rebuscaba entre los comensales quien no viera ese cabello a mal acomodar; la almohada jamás perdona y menos con una mujer como esa, y ahora me refiero a la fiera, digo, esposa. La mujer taconeantemente estresada aunque ataviada de rosa bien podía desesperar a cualquiera y no es por su perfume que apestaba a caro, ni mucho menos por sus curvas marcadas por las rutinas del gimnasio, pero esa expresión que dominaba a ese hombre unos cuantos centimetros mas bajo que ella sin lugar a dudas reclamaba que alguien, misogino o no, le pusiera un alto. Tal cual es la escena habitual nadie buscaba justicia, todos seguían esperando silla. Es pues que se arrima el hombre del delantal a la otra familia en la fila y los inquiere, — cuántas personas son?— y el número los condenó. Nueve es muy grande para un restaurante clase mediero, pero como es de esperar ni las familias en la tv tienen tanto color. Y llegan mas comensales a la fila pero no así las mesas se desocupan, ni modo a aguantar el tiempo de ingesta del vecino de la troca color marrón.