Existía en un reino lejano un cuervo que odiaba su negro destino. Odiaba el hecho de que siempre los propios y extraños no lo quisieran, así que con sus alas empañaba su tiempo volando tal cual ave nació.
Bruno, como si de un exabrupto habláramos, se sentía tan alejado de las vidas que había visto crecer que siendo una tragedia de todos los días ante nadie podía sonreír, era sólo el temor a ser una parodia a lo que se decía de él.
El cuervo sólo se esforzaba en volar hasta los mas altos cielos, pero su hambre y condición le recordaban de todos y de la carroña que aguardaba para ser ingerida. Pobre cuervo, pobre Bruno. Pobre el Dios que creó ese infortunio.
Parecía que su destino era ese, ensuciarse por todos y comer lo que nadie ha comido.
Entonces fue cuando en un día cualquiera encontró la mas grande excusa para no volver a volar como si se tratase de una huída, vio un líquido que hasta ese día pocos conocían; encontró petróleo y consiguió manchar a todo aquel que le agredía.
Todo el pueblo se enojó, arrojándole piedras e insultos agravados. Pobre cuervo condenado al oscuro llanto se encerró en lo que hoy es mas que un árbol con señas de haber sido quemado por un rayo.
Así pues el pobre Bruno, el desafortunado cuervo, ahora quemado por la vergüenza se lamentaba de su triste vida, cuando de pronto un colibrí, que alguien querrá decir perdido, se encontró con él y mediante un rápido aleteo no pudo haber hecho mas que ese valiente acto…
Lo abrazo al instante y sin besar lo enfrentó de cerca sólo con su piquito, para después entonar una canción de cuna o lo que es mas bien, un canto de amor a la luna.
Y así con Bruno abrazado por Aldo, la luna cedió su amor al Sol.
Esa noche no hubieron pesadillas pues sólo un baile de colores y alegrías cabría en un alma con tan nobles deseos y esperanzas, el sueño que todos los días muchos olvidan mientras con las manos pesadas quitan las lagañas que les recuerdan de lo que los teóricos llaman utopía.
Mira que es una nueva buena, el despertar de alguien como Bruno sonriendo es para mí la mayor valentía.
Con especial dedicación para Tania Rubio, espero y este cuento te sirva para dormir.